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Fw: Monte de las banderas [poema a los 5 especialemente a Tony DIFUNDIR]



 
-----From: Rosa Baez
Sent: Thursday, November 15, 2007 11:52 PM
Subject: Monte de las banderas [poema a los 5 especialemente a Tony DIFUNDIR]

Un amigo muy querido (aunque no nos hemos hablado tanto) ha dejado este regalo en el blog que dedique a mis 5 hermanos prisioneros y quisiera que me ayudaran a difundirlo


Un abrazo

Rosa

http://es.netlog.com/clan/cubanoscientoporciento

Monte de las banderas

Por Edel Morales

    Para Tony, Mirta y Maruchi

I

La voz, que al otro lado de la línea escucha,
respira en calma: espera, medita, confía
mientras dibuja libre un mandala en su celda solitaria.
El hombre, que articula esa voz, a quien mi voz sorprende,
ha dicho: Es eso, un minuto antes,
aunque no me conoce, no lo conozco,
no hemos compartido nunca una cerveza,
una butaca en el teatro, una grada
en el hervidero natural de los estadios,
un instante cualquiera de mutua complacencia.

En la casa familiar, su madre ofrece jugo de frutas
y me pide que le hable al hijo prisionero
de la vida cotidiana, del país que vemos, de sus versos
agrupados por primera vez en libro: su vocación
adolescente hecha realidad ahora
del modo más insospechado y duro.

No esperamos escuchar, el uno del otro, tajantes discursos
aleatorios, porque la soledad es uno mismo
no esperamos nada que no sea una charla apacible
sobre los raros laberintos de la condición humana
y las bondades literarias de un verso:
la luz entrevista en la noche profunda que se cierra
como el siglo sobre el mundo de los hombres.

Es la conversación tranquila de dos desconocidos
que mutuamente se sostienen
y contemplan una estrella en la distancia, mientras imaginan
desde mi altura los avatares del día a día,
el largo combate que vendrá, las sinrazones
que opone el mal para hacerse fuerte.

II

Ocho años después, en las tardes nebulosas de septiembre,
escucho un disco de Cesaria Evora y me voy por las calles de El Vedado
hasta llegar al mar, al muro junto al mar, donde tantas veces
la ciudad se muestra en multitud.

La vida cambia, un día y otro cambia el mundo en su larga duración
y cambia la gente en el país que vemos,
y en las pantallas sangrientas de los telediarios se reitera una imagen
que espanta: otra vez: estallan aviones y automóviles: otra vez
bombardean ciudades indefensas: En algún oscuro rincón del mundo,
que mañana puede ser esta página este país este parque público
donde las jóvenes parejas se besan despreocupadas y ríen hasta el amanecer.

Es la espiral ascendente del miedo y del ultraje que todo lo quema
y actualiza el odio y crece con el siglo,
en un choque atroz de fundamentalismos que todo lo oscurece
y explicita su garra y se contradice y niega y censura
y olvida y mata todo signo de respiración y vida
bajo la sombra hermética de las torres condenadas.
Es el terror, el reino del terror, que aplasta toda variación posible,
antes y después de la muerte y de la luz.

Yo camino solo junto al mar y tarareo una canción de amor
en las tardes nebulosas de septiembre:
busco un recurso para sostener el alma.
Con su voz descalza, su voz de África, obsequio agradecido de la hermana,
Cesaria Evora y Antonio Guerrero me llevan hacia el monte de banderas negras
(una larga fila de vidas cercenadas) que ondean persistentes frente al mal,
y muestran en esa ondulación un estado de necesidad.

III

Nunca lo pensé así, pero he visto las grandes palabras
arrastrarse sumisas a los pies del verdugo, maniatadas por el cuello
hasta cortar su respiración: paz, libertad, democracia…
proclama enfático el bárbaro mediocre mientras teclea la clave
o pulsa el botón para abrir las compuertas a la muerte;
he visto las bombas guiadas estallar entre la multitud
y los coágulos de sangre empastelados en la fachada de una heladería.
He visto desfilar frente a mi cara las arrogantes tropas del poder
y la justicia secuestrada y revertida en las cortes.
He visto agrietarse las defensas de un imperio por el aleteo de una mariposa.
Y he visto la onda que genera al afirmarse el cambio de una época.

Vuelvo a escuchar las canciones de Cesaria Evora
(regalo inolvidable de Maruchi en la casa de Mirta)
y recuerdo la voz pausada de Tony al otro lado de la línea;
vuelvo solo al mar, al muro frente al mar, donde tantas veces
la multitud se hace rostro y grito y música y presencia
en la ciudad marcada por los adversarios.
Vuelvo a caminar ensimismado junto al Monte de las banderas,
a sentir el dolor y la fuerza que yace en la memoria,
a encontrar la causa, a soñar el regreso, a pedir en silencio
por la patria y la dignidad plena del hombre.



Edel Morales

Desde La soledad y la esperanza,
San Luis, La Habana, 2007


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